02 junio, 2012

Locuras de los que no sabemos de economía


                Que la economía es ciencia bien misteriosa nadie lo discutirá, ni los economistas siquiera. O al menos que es misteriosa, no nos enredemos en si cabrá como ciencia una disciplina que consiste en la adivinación generalmente errada y en las explicaciones certeras solo a todo pasado. Sabrán más o menos los economistas de lo suyo, pero los legos nos extrañamos ante todo de lo alejada que está del sentido común la materia económica, al menos cuando hablamos de economía de las naciones a esa escala que los del gremio llaman macro.

                Traigo un ejemplo con plena conciencia de que voy a dejar bien patente mi radical desconocimiento, pero para que se vea cómo la humana razón va por unos lados y la razón económica por otros. Allá vamos y clemencia solicito desde este mismo instante por tamaño atrevimiento.

                Hay que meterles dinero público a los bancos porque se lanzaron a conceder hipotecas a troche y moche y hasta el más pringado del pueblo, sin trabajo estable ni perspectivas de prosperar algún día, sacaba en la sucursal de la esquina un cien por cien o más del pisito de trescientos mil euretes. Ahora muchos ciudadanos no pueden pagar sus cuotas y los bancos se quedan a dos velas, con los balances descuadrados y sin recuperar el dinero prestado ni obtener los intereses previstos. Así que por el procedimiento legalmente establecido se apropian los inmuebles de marras, que ya no valen ni de lejos lo que valían y que no cubrirían nada más que una parte de ese pasivo, si es que pudieran venderse y quisieran venderlos. No hace falta subrayar cuán hundido se queda también el parroquiano de turno, sin dinero, pues probablemente perdió el trabajo o se le acabó el subsidio de paro, y sin casa, refugiado en el hogar de los suegros como el que flota en la mar oscura.

                Los bancos apelan a los gobiernos y les dicen que o se compensan con dinero público esos agujeros o se van al garete con todo, incluidos los ahorros de los ciudadanos en ellos depositados. Y los gobiernos pagan por esos y otros conceptos, pero por esos mucho. Acabamos de verlo en Bankia y lo critica hasta Rato, que ya es la suprema descojonación desconcertada. Unos quince mil millones de euros, tengo entendido, para prevenir impagos de créditos hipotecarios de particulares y empresas. De ese modo se supone que los bancos quedarán a flote. En cambio, el currito que perdió la casa y lo que en ella había metido, perdió la casa y lo en ella metido, y aún le dirán que sigue debiendo.

                En este punto es donde al ignorante osado se le ocurre la idea que no puede ser acertada: que por qué en lugar de solucionar el problema de una parte, el banco, no va el Estado y soluciona el de las dos partes, banco y señor o señora con el agua al cuello. Es decir, en lugar de entregarle al banco el importe del crédito de Pepe que previsiblemente Pepe no va a pagar porque no puede, de modo que el banco recibe ese dinero pero Pepe sigue igual de deudor que antes o se queda sin casa, páguense por Pepe las cuotas de Pepe, quede el Estado subrogado en el crédito contra Pepe y cruja a Pepe desde Hacienda cuando este vuelva a tener posibles. O sea, funcione el Estado como avalista sobrevenido de los ciudadanos con deudas garantizadas por hipoteca inmobiliaria y de paso estará el Estado haciendo verdadera política social en lugar de servir de mamporrero a los bancos que jamás pierden. ¿Por qué no un Estado avalista de ciudadanos en apuros en lugar de en gratuito asegurador de bancos imprudentes? ¿Que saldría caro? No más que anticiparse a abonar a los bancos directamente esas pérdidas, si acaso menos. ¿Qué resultaría onerosa tal gestión? Bueno, a lo mejor dar qué hacer a los funcionarios sería una forma de evitar tener que poner de patitas en la calle a la mitad de ellos, como va a ocurrir, sí o sí, en cuanto nos intervengan.

                Algo falla en esto lo sé. Ignoro qué será, pero no puede resultar así de sencillo, pues ya estarían manos a la obra gobiernos tan sabios como los que en este desdichado país hemos elegido y elegimos.

01 junio, 2012

Tololensville

                Hoy les voy a contar lo que pasó en Tololensville. Ni es alegoría ni tiene moraleja ni nada de nada, la historia pasó como la relato y no hay más vueltas que darle. Si omito detalles geográficos o evito precisiones temporales es porque, al fin y al cabo, nada añadirían a la trama, que es lo que importa.

                Tololensville es la capital de la región de Cupboardlake, en el poniente del país. Su clima es templado en invierno y extremamente caluroso en verano, con altos índices de humedad debido a que el gran lago se halla nada más que a diez kilómetros de la ciudad. En su mejor época, de la que hablaremos ahora, no llegaban al medio millón los habitantes, muy celosos ellos de sus tradiciones y con fama de aguerridos en las batallas y tiernos en los lances íntimos.

                Durante la dictadura que oprimió al país por largo tiempo, a Tololensville le correspondió un raro privilegio: fue allí, en el extrarradio mismo de la urbe, donde se ubicaron las grandes fábricas de aparatos de tortura. En efecto, y como ya recogen los libros abundantes sobre aquel período oprobioso, bajo la dictadura se torturó de forma masiva y sistemática. No sólo había tortura en las cárceles, los cuarteles, los centros de detención, las comisarías y los campos de concentración, también era poco menos que imperativo torturar en escuelas, centros deportivos, carreteras…, y hasta en las casas torturaban padres y madres a hijos, esposos a esposas, nietos a abuelos, etc. Cuesta comprenderlo si lo pensamos desde nuestros días, aunque poco tiempo ha pasado en verdad; pero así era. En los colegios se incitaba a los profesores a aplicar castigo físico extremo a sus estudiantes más remisos y a los alumnos más torpes, por no decir de los indisciplinados; en los gimnasios o donde quiera que entrenaran los que se dedicaban a deportes de competición, eran torturados los que cada semana rendían menos, unas veces por los entrenadores y a menudo por sus propios compañeros; cuando un guardia de tráfico descubría una infracción, el conductor era apeado de su vehículo y llevado al más cercano centro de tortura, donde se le administraba el correspondiente tratamiento; los niños aprendían a comportarse en la mesa o a hablar en el debido tono a base de las torturas que sus progenitores les infligían con instrumentos adaptados a su edad y su peso. De a qué extremos de crueldad y dolor se llegó en las prisiones o con los meros sospechosos de delito cualquiera no hará falta que se den a estas alturas detalles.

                Lo que para nuestra historia importa es que fue surgiendo una auténtica industria de la tortura y que, por un ensamblaje de circunstancias que sería largo de desentrañar y que al fin poco nos importa, acabaron las fábricas en la zona de Tololensville. El golpear con la mano o el puño o con cualquier otra parte del cuerpo se tenía por indigno tanto para torturador como para torturado. Por eso se recurrió a todo tipo de herramientas, primero muy elementales y clásicas, como palos, barras, cables, sogas o cualquier clase de útiles cortantes, y después se fueron inventando aparatos tremendamente sutiles y de extrema precisión, según la zona del cuerpo de la que se quisiera sacar el dolor y según el tipo de efecto que se buscara, por ejemplo con sangre o sin sangre, con huella perdurable o sin huella, provocando rápido desmayo o dosificando para que la conciencia no se perdiera, con amputaciones o sin amputaciones, y así sucesivamente. En las librerías se encontraban manuales del buen torturador y la de diseñador de útiles de tortura se tornó profesión muy prestigiosa y bien remunerada, hasta el punto de que hubo un título universitario de Diplomado en Diseño para el Dolor.

                Tololensville vivió décadas de esplendor, aquellas fábricas crecían y crecían y, aun así, no daban abasto para la altísima demanda, había pleno empleo y la ciudad se iba extendiendo, los salarios eran altos y los negocios y comercios de la zona hacían consecuentemente su agosto, desde bancos hasta bares o restaurantes, por no hablar de los concesionarios de automóviles y motos de alta cilindrada o de las joyerías y peleterías. Los mejores y más costosos colegios abrieron sedes en Tololensville y se instalaron una universidad pública y dos privadas, para que los hijos de los nuevos ricos hicieran sus carreras y lograran los títulos con los que alcanzar puestos aun mejores que los de sus padres en la gran industria local.

                Todo se vino abajo cuando el régimen político cambió. Cayó la dictadura, hubo una nueva Constitución que vetó radicalmente toda forma de tortura ya desde su artículo primero, se celebraron elecciones políticas que ganó un partido moderadamente liberal, se organizaron múltiples campañas y cursos para enseñar a los ciudadanos a convivir sin violencia, se licenció a la mayor parte de los miembros de la policía y al mando se puso a expertos formados en el extranjero y nada sospechosos de nostalgias del antiguo régimen y sus formas. Los días de las fábricas de instrumentos de tortura estaban contados. No sólo se prohibió la venta de nuevos artilugios, sino que hasta se declaró ilegal la posesión de los de antes y tenía orden la autoridad de decomisar cuantos hallara, con fuertes sanciones para el ciudadano que en su casa conservara alguno. La tortura pasó a ser símbolo de un estilo para siempre dejado atrás. Los días gloriosos de Tololensville se habían terminado.

                Pero no fue tan fácil. Al primer intento de cerrar las fábricas se respondió con fortísimas protestas, la ciudad era una sola voz para que la producción siguiera. Si ya no se podían vender los artilugios a torturadores privados ni públicos, que los adquiriera el Estado para sus museos. En efecto, por esos años se abrieron muchos museos de la memoria y el espanto, así se llamaban casi todos, pero no tenían precisamente escasez de piezas que exhibir. Pues que se exportaran, y con gran discreción se siguió vendiendo parte de la producción a países que todavía torturaban, si bien hubo que cortar esa hipócrita política ante la protesta de algunos Estados y de numerosas ONGs internacionales. Que se construyeran grandes depósitos de útiles de tortura, bien guardados y vigilados, por si alguna vez retornaba la tiranía y para que ya tuviera a su disposición esos medios, pero los demócratas se horrorizaban ante el argumento y no prosperaron más que dos o tres de esos depósitos y por poco tiempo.

                Muchos de los empleados de aquellos centros fueron prejubilados, algunos fueron recolocados en otras industrias de fuera de la región. Y Tololensville languidecía. Se quiso fomentar el turismo rural, pero ni los paisajes ni el clima podían competir con los de otras partes del país. Se pretendió impulsar el turismo cultural, pero Tololensville seguía recordando demasiado los horrores del antiguo sistema político y atraía a bien pocos visitantes. Cuando de las supremas instancias políticas de la nación llegó la orden de cerrar definitivamente las fábricas y dar a los obreros el tratamiento común para los desempleados, no quedaban más que unos tres mil de esos trabajadores. Mas desde todas las instituciones locales hubo una unánime y muy intensa reacción de solidaridad. Sin nuestras fábricas de aparatos de dolor Tololensville pierde su identidad y se queda sin futuro, declaró el alcalde, mientras el presidente de los tribunales encabezaba una campaña bajo el lema “Nos torturan sin tortura”. El rector de la universidad pública creó un lema que tuvo gran repercusión: “Me dejo torturar por Tololensville”. Algunos de los operarios de las citadas industrias en crisis se echaron literalmente al monte y hubo refriegas y tiroteos en los suburbios. Se asesinó a tres o cuatro políticos que habían sido muy tibios en la defensa de la economía local. Tololensville y las tierras circundantes se volvieron lugares muy inseguros y los viajeros los evitaban cuanto podían.

                Hoy Tololensville es una ciudad muerta, casi vacía. Hace años que sus calles no se reparan, los parques y jardines tienen aire selvático, quedan nada más que unas cinco escuelas, en cuyos patios pedregosos saltan y gritan unos pocos niños mal alimentados. Todo el que ha podido irse se ha ido. Del pasado esplendor da cuenta nada más que una gran escultura de bronce que milagrosamente se ha mantenido en el centro de la que fuera la plaza principal de la villa y en la que se ve a un hombre de uniforme aplicándole la picana a un joven que grita y sangra. Cuando pasan por el lugar, esos pocos habitantes que permanecen en Tololensville apartan la vista para no llorar, para que no los venza la nostalgia, para poder seguir resignados a su negra suerte.

31 mayo, 2012

Ética y política otra vez


            Juguemos con una comparación más o menos afortunada, pero en lo que sirva, que algo será. Ponga que usted es el administrador de una comunidad de vecinos que vive en cierto inmueble, veinte o treinta familias ahí residentes. A usted le consta con gran certeza que en todas o casi todas las casas se cometen graves delitos, que las familias que allí residen han convertido sus hogares en lugares para el crimen, los unos dándose al proxenetismo y la explotación sexual de adultos indefensos o de menores, los otros escondiendo en la despensa bienes robados, los de más arriba guardando explosivos para hacer atentados, algunos manteniendo secuestrados en las habitaciones y atados a la pata de la cama. Usted se plantea si debe echar a andar hacia la comisaría para denunciar semejantes descalabros, pero no acaba de decidirse, pues en su conciencia pesan también otras consideraciones: que la autoridad puede clausurar el edificio entero y que se quedará toda esa gente en la calle, cuando puede ser que entre tantos haya algunos inocentes, que la noticia traerá mala fama al barrio y perderán valor las otras casas, en las que viven personas de bien que ninguna culpa tienen, que muchos niños averiguarán sobre sus padres macarras cosas que más les convendría no conocer, que la gente de otros sitios dejará de ir a tomar el vermú en los afamados bares de esa zona, con la consiguiente ruina de los honestos propietarios de los establecimientos hosteleros...

            ¿Qué debería hacer usted y qué haría? Desde una ética de principios se alegaría que el bien es el bien y el mal es el mal y que el primero hay que protegerlo y el segundo perseguirlo, caiga quien caiga y aunque se acabe el mundo, o poco menos. Se recordará la contundencia con que Kant planteó ese rigorismo de una ética deontológica y nada utilitarista. Desde enfoques éticos consecuencialistas se nos indicará que a lo mejor hay que ponderar un poco, sopesar consecuencias y buscar el daño menor para los más, el interés de los grupos y las colectividades antes que el descarnado culto a la norma por la norma. También desde Max Weber se repite aquello de que los políticos no tienen que comprometerse únicamente con una ética de principios, de ideales teóricos a cualquier precio, sino que están amarrados tanto o más a una ética de la responsabilidad y que, otra vez, deben mirar las consecuencias de sus acciones, porque de buenas intenciones morales estaban llenos los gobernantes de muchas sociedades hundidas y arruinadas.

            Ahora vamos con las cosas de España a día de hoy. Una impresión se nos va imponiendo con evidencia difícilmente discutible, la de que los gobiernos, hoy el del PP y ayer el del PSOE, no pueden decirnos la verdad sobre nuestra situación porque los datos son tan contundentes que acabarían por destruirnos y se terminaría toda esperanza de que levantemos cabeza a medio plazo. Hasta ahora parecía que había mucha corrupción y bastante maniobra turbia, tanto en las instituciones públicas de todo tipo como en empresas privadas o semiprivadas que manejan dineros de la gente, como cajas de ahorros y bancos. Pero es evidente que estábamos equivocados, ya que el robo y la más vil fechoría no eran excepción, aunque ciertamente abundante, sino la regla pura y dura. Estábamos y estamos en un país asentado sobre el robo y la mentira. O sea, que el cáncer es radical y la metástasis se extiende a todo el cuerpo social e institucional. Y que describirnos a calzón quitado la gravedad del mal será sumirnos en la desesperación a nosotros y espantar a quienes desde fuera aún puedan tener alguna intención de darnos alivio, de buscarnos una terapia última o de pagarnos unas medicinas para un tratamiento de choque. Es más, que puede que hasta nos echemos a la calle nosotros mismos para jugarnos malamente las diez de últimas o para dilapidar los cuatro ahorros finales y quién sabe si para colgar de las farolas a unas docenas de malandrines.

            Sabían y saben que las cajas y los bancos falseaban sus balances y que no tienen solución viable, que el Estado y las Autonomías escondían déficits enormes, que ante las alarmas que se encienden están los pícaros llenando sus sacos para salir huyendo, que en cuestión de unos pocos meses reventará el Estado todo y dejarán de cobrar los funcionarios y no se prestarán ya los servicios públicos más básicos, igual que llevan tiempo sin cobrar los proveedores de la Administración. Pero a nosotros se nos oculta y solo vemos un gobierno que mendiga ayudas y apoyos de la Merkel y compañía. No se nos deja ni el pequeño consuelo de ensañarnos con algún chivo expiatorio, el nimio placer de ver en el banquillo o la cárcel a tal o cual gestor fraudulento, de que se ponga de patitas en la calle a algún descarado que se aprovecha cínicamente de la institución pública que preside. Nada. Tapar y tapar y tapar, echar balones fuera, culpar a los hados o a los extranjeros, cuando no a los cuatro valientes que denuncian, desviar las responsabilidades hacia entidades abstractas y por abstractas inasibles, que si los mercados, que si el capital financiero, que si la especulación. Y todo se disfraza sutilmente de ética política de la responsabilidad, dejando caer la idea de que será peor para nosotros si los que saben hablan y si a los que perpetraron las sinvergonzonerías se les obliga a confesar cuántos eran los implicados y cuán tremendas las implicaciones, las complicidades, las tolerancias.

            Se ha vuelto cuestión de dignidad. El enfermo terminal, para morir algo más aliviado, merece al menos saber quién lo envenenó, permitirse el desahogo de ciscarse en los muertos de los criminales antes de ir a dar en el tanatorio. Es asunto de pura y simple dignidad, hay que hacer un colectivo examen de conciencia y debe respetarse el derecho a la expiación simbólica, incluso a través de la violencia verbal. No podemos acabar nuestros días manteniéndonos fieles a la corrección política, a la tolerancia fofa, al señuelo pseudoideológico, a las perrunas lealtades partidistas, al maniqueísmo banal y paralizante.

            Llegada es la hora de la ética de los principios, hasta de reconocer los pecados y de quitarles los atenuantes, de admitir, si hace falta, que todos vivíamos encantados mientras del expolio general y de la inconsciencia autoinducida nos beneficiamos todos. Aunque se acabe el mundo, pues en cualquier caso se nos acaba. Y porque, si alguna esperanza restara, aunque fuera muy leve, pasaría por nuevos pactos sociales y renovadas reglas de juego, amén de por hacer que los culpables mayores paguen por sus faltas. Porque así como ahora estamos, encerrados en el engaño y en el miedo, engañados por miedo y temerosos de las durísimas verdades, no habrá ni soluciones ni dignidad de la despedida.

Arquitectos para Europa. Por Francisco Sosa Wagner


La foto de los prebostes mundiales reunidos en la residencia de descanso de Barack Obama ha sido demoledora. Seis de ellos representaban a Europa: Barroso, Van Rompuy, Merkel, Hollande, Monti y Cameron. Es decir, los líderes de la Comisión Europea y del Consejo Europeo, más cuatro presidentes de gobiernos. Y para confundir con mayor eficacia al interlocutor, sostenían opiniones divergentes.
Claro que esta última sesión del G-8 a la que aludo no aportaba, en este punto, novedad relevante. Sólo que, chorreando crisis económica como chorreamos, la visión de tal galimatías se hace más lacerante. Y pone de manifiesto, aun para las personas duras de oído, la necesidad de meditar sobre las estructuras políticas y administrativas en las que cristaliza el gobierno europeo.
Tampoco esto es nuevo pues esa meditación y el empeño por pensar y repensar viene siendo constante desde hace medio siglo. En rigor, nunca se ha interrumpido. Probablemente porque, herederos como somos de Jean Monnet, todos nos acordamos de aquellas palabras suyas que tienen aire de canto profético: «Europa se hará en las crisis y será al cabo la suma de las soluciones que se diseñen para esas crisis».
Gentes que piensen cómo avanzar y no perder el equilibro impuesto por intereses tan contrapuestos, países tan distintos y culturas tan variadas, las hay por docenas. Las ideas florecen por aquí y por allá, no es elocuencia lo que falta precisamente. Es verdad que algunas voces recuerdan a las de los arbitristas que, en el siglo XVII, fueron satirizados por la pluma de Quevedo. Pero las más proceden de personas con las entendederas bien aparejadas, con experiencia y saberes, personas que saben hacer encajes de bolillos, esos que tanta fama han dado a Bélgica. A veces pienso que la selección de este país como epicentro de las instituciones europeas no es una casualidad sino que está ligada a su crédito a la hora de confeccionar estas filigranas.
Como se advertirá, con esta sencilla alteración conseguiríamos suprimir de la foto del G-8 más arriba citada a una persona, al quedar Barroso y Van Rompuy fundidos en uno tal cual si de un nuevo misterio teológico se tratara. Un avance ciertamente.
Este presidente debería -siempre según la comisaria Reding- convocar una Convención que atribuiría al Parlamento Europeo la iniciativa legislativa -de la que hoy carece, como se sabe- y además la elección de los miembros de la Comisión Europea (hoy confiada a la propuesta de los Estados miembros). Al presidente de la Comisión debería atribuírsele la facultad de disolver el Parlamento al modo como es habitual en los parlamentos nacionales.
Para que el Plan Reding funcione es necesario que cada familia política europea -socialista, liberal, etcétera- se una, más allá de las fronteras nacionales, en torno a una persona que será, si gana, el llamado a recabar la confianza del Parlamento. Como se exigiría una reforma de los Tratados, ésta debería coronarse con un referéndum celebrado en toda Europa aunque en condiciones distintas de las muy chapuceras que han dominado tales consultas hasta la fecha.
La otra propuesta reciente procede del bien dinámico -pese a sus limitaciones físicas- ministro alemán de Finanzas, Wolfgang Schäuble. La ha formulado con ocasión de la entrega del Premio Carlomagno en la ciudad de Aquisgrán. A su juicio, las reformas de la arquitectura institucional de la Unión deben hacerse efectivas para las elecciones de 2019 aprovechando la circunstancia de que en cinco años el actual -y mal llamado pacto fiscal, en rigor, pacto presupuestario- ha de incluirse en el Tratado de Lisboa. Esa sería la ocasión para actuar y conseguir algunos objetivos importantes: los ciudadanos europeos deberían elegir de forma directa al presidente de la Comisión; los Estados deberían renunciar al derecho de enviar, cada uno de ellos, un comisario para formar parte de la Comisión, con lo que se reduciría su número y se ganaría en cohesión; en fin, el Parlamento actual debería completarse con una segunda Cámara que representara -con decreciente proporcionalidad- a los Estados. Es evidente que Schäuble tiene en la cabeza no el modelo del Senado estadounidense, sino el del Bundesrat alemán.
Como desaparecería el Consejo Europeo tal como funciona en la actualidad, sería necesario, de un lado, cambiar muchas de las normas que hoy disciplinan la distribución de competencias y, de otro, resolver si subsistiría el actual sistema de presidencias rotatorias de los Estados. Estos detalles se tratan de forma muy desdibujada en el discurso del ministro alemán. Tampoco se aclara qué tipo de mayoría sería necesaria para esa elección directa del presidente de la Comisión ni si sería obligada una segunda vuelta en caso de no conseguirla ninguno de los candidatos, lo que conduciría a una nueva movilización de varios cientos de millones de electores.
Es la Europa de «murallas antiguas» que evocaba Rimbaud.
Resulta evidente que hay en todas estas exposiciones ideas que quedan en el aire colgadas de un signo de interrogación y además adelanto que no comparto muchas de ellas. Pero es bueno que -junto a ensayistas, intelectuales, clubes de opinión, etcétera- políticos en activo se ocupen de pensar el futuro pues ponen de manifiesto que saben mirar por encima de esas bardas truculentas que componen los mil asuntos que se acumulan sobre las mesas de sus despachos.
Porque lo importante es no perder de vista el largo plazo ni dejarse ganar por el desánimo causado por tantas oscuras zozobras como nos rodean. Y saber que Europa es la única luminaria que puede aclararnos el camino. Europa es el espacio que, engarzado a nuestros interiores, alberga la majestad de la grandeza de un mundo nuevo. Lo contrario es volver, apoyados en el bastón del valetudinario, hacia el nacionalismo, que no es el opio del pueblo sino la «cocaína de las clases medias» (Nial Fergusson). Un nacionalismo, el que hoy reivindican al unísono las izquierdas comunistófilas y las derechas extremas, con el que volveríamos a acogernos a la tutela de un ángel sombrío escapado de un cuerpo en ruinas.
Francisco Sosa Wagner es catedrático y eurodiputado por UPyD. Su último libro (con Mercedes Fuertes) se titula Bancarrota del Estado y Europa como contexto (Marcial Pons, 2011).

28 mayo, 2012

¿Permiten que me repita? Estamos muertos


                Hoy voy a repetirme de pe a pa, pero con más énfasis aún y con adicionales ejemplos. La conclusión, que en el título les adelanto, sí contiene alguna novedad. Hasta hace nada venía un servidor sosteniendo aquí y donde quisieran escucharlo que estábamos muy malitos, verdaderamente graves, al borde del luctuoso final. Ahora ya estamos muertos. Eso que hemos avanzado. Es cuestión de que nos desconecten los cuatro tubos y la ventilación mecánica. No sé si estarán esperando que pase el cura para el último responso o para volver a administrar los santos óleos, por si los del mes pasado estaban caducados o hay en el Cielo un texto refundido sobre extremaunciones. Sea como sea, se trata de unos trámites de nada. Creo que, además, está previsto que al país lo incineren, pues ni los gusanos se quieren hacer cargo de esta bazofia.

                La famosa prima ha cerrado hoy a 511 puntos, récord de récords, titánica marca digna de una gran nación como la nuestra. Campeones del mundo de lanzamiento de prima. La bolsa, harta de andar por los suelos, ha empezado a perforar el subsuelo y dice que oye voces allá abajo y que nota como una atracción fatal, una llamada del abismo, pasión de azufre. A Bankia tiene el Estado que meterle más de veinte mil millones de euros, que son billones de pesetas, pero no tiene ni tres el tal Estado, ni un chavo, ni para tomarse un café. Luego vendrán otras cajas y bancos con la misma historia y que les introduzca algo el arruinado Leviatán patético. El sistema financiero se cae entero y solo falta el ataque de pánico que estallará un día de estos por obra de algún malentendido muy bien entendido, y que los ciudadanos salgan a toda pastilla hacia las sucursales bancarias y con la cartilla de ahorros  en las fauces para sacar los euros restantes y guardarlos en el colchón o enterrarlos en un zulo del jardincillo comunitario. Será cuando decretará el gobierno el corralito leré que me dijo anoche leré que si quería, leré, viajar en coche, leré. Y luego quién sabe. A lo mejor nos da por irnos a los cementerios a fornicar, como cuando las grandes pestes medievales.

                La gente se va a enfadar y los que más los más zánganos y los principales culpables. Todos pediremos chivos expiatorios y condenas al menos para un Rato, pero no habrá tales, y cuando queramos ir a echarles el guante para lanzarlos al Manzanares con una piedra filosofal al cuello, ya habrán tomado las de Villadiego o estarán en Washington compartiendo vecindario y gimnasio con el yernísimo, su santa inmaculada y su prole. Se esfumará el Estado entero mientras andamos de manifestación contra los recortes de lo público o montamos unas conferencias sobre si hará falta o no reorganizar territorialmente el Estado, con algún padre de la Constitución –de los pocos que quedan- como figura estelar y ponente imponente. Que vendrá a ser como si mientras el abuelo expira, comatoso total y terminal del todo, nos ponemos a debatir en los pasillos de la clínica sobre cómo haremos para que cambie su testamento y que por qué no lo quisimos más mientras estuvo sano. A buenas horas mangas verdes.

                Se acabó lo que se daba, compañeros. Dio en abundancia, reconozcámoslo, pero no fue buena idea ponerle liguero y exigirle mayor rendimiento a la gallina de los huevos de oro. Tampoco estuvo bien blasfemar contra los dioses que nos mandaban el maná por la cara y sin reparar en nuestros pecados. Ahora, con el culo al aire, diremos que no nos merecíamos tan afrentosa suerte y que a ver quién nos echa una mano. Quien no os conozca que os compre, nos gritarán los del Norte desde el otro lado de la valla fronteriza y, todo lo más, nos arrojarán unos cacahuetes por entre los barrotes o nos tomarán unas fotos mientras nos descuartizamos al grito de viva la justicia social y arriba la memoria histórica.

                Bien, repito todo esto, crecido como estoy por cuanto de certero tuvieron mis más funestas predicciones anteriores, pero sigo igualmente insistiendo en que la gente que yo trato a diario no se entera de nada. Nada de nada, cero, ni puta idea de lo que está pasando y lo que ha de venir. Y no sólo los estudiantes, que esos ya son como de mucha risa y autistas sin reparos. Será que me desempeño en una burbuja, pero lo que se dice preocupación solo la veo a dos o tres colegas y compañeros. Los demás siguen como siempre y a su bola. Por ejemplo, algunos estuvieron el otro día manifestándose contra los recortes en general (y en coronel) y están indignadísimos porque el Estado les meta dinero a los bancos. Yo también me indigno, pero la diferencia es que ellos viven convencidos de que esto de la crisis es una artimaña de la derecha para tener disculpas a fin dar dinero a los bancos y que si no hubiera bancos, en lugar de recortar en educación y sanidad podrían contratar en la uni más profes para que en lugar de tres horitas semanales de promedio anual diéramos una. Oye, por justicia social más que nada, ya te digo. Y porque como me decía el otro día uno que no tiene un maldito tramo de investigación pero que ahora se mosquea grandemente porque le han subido las horas de docencia por esa causa, “a ver cómo investigo yo ahora, con todas esas clases”. Los que jamás investigaron andan todos enfadadísimos porque este año les va a faltar tiempo para entregarse en cuerpo y alma a laboratorios y bibliotecas. La reforma será mala, eso no lo discuto, pero sobre todo porque no prevé poner de patitas en la calle a esta chusma descarada y parásita.

                Me preocupa ese dato, ahora dicho más en serio: los que más ruido están haciendo estos días son, por regla general, los más impresentables. Se erigen en defensores de lo público y en adalides de los públicos servicios funcionarietes que sistemáticamente se escaquean de su labor y que no dan puto palo al agua. Si hablamos de la universidad, a título de ejemplo, los ves un día sí y otro también pirando sus clases, dando aprobados generales para no tomarse la molestia ni de corregir exámenes, poniendo a los chavales a comentar algún cómic para no tener que explicarles temario ninguno…, y luego los oyes enardecidos el día de la huelga general y gritando que no se puede consentir que se degrade la enseñanza ni baje la calidad de las universidades. Pero cachocabrón, si la universidad y la enseñanza hace tiempo que están hechas unos zorros y zorras por la cantidad de zánganos como tú que por ahí pulula y porque no hay maldita manera de poneros de patitas en la calle o de sacaros los colores, al menos. Lo cual no es justificación de los tales recortes ni está dicho en apoyo de la política de este gobierno ni de ninguno, ojo. A lo que voy es a que la gente sigue en la inopia y a que los cretinos y cantamañanas se dedican únicamente a defender sus chollos, privilegios e indecencias. Con las excepciones que sean del caso, por supuesto.

                Decía hoy el amigo “un amigo” por aquí abajo, en un comentario, que la crisis nos va a traer una buena ocasión para refundar el país, el Estado y las reglas del juego. Sí, eso pensaba yo también hasta hace poco, pero empiezo a dudarlo. No llegaremos a tiempo y, sobre todo, a ver qué se hace con los sinvergonzones que nada más que se empecinan en mantener su vagancia bien retribuida. Refundar, sí, pero antes que nada habrá que ponerse a currar en serio y que cantar las cuarenta a esta sarta de parásitos que por todas partes nos rodea.

                En fin, puede que ya nada tenga importancia. Es como si en el autobús que se está despeñando se pusiera el pasaje a debatir sobre en qué invertir la indemnización que pagará el seguro. Son trescientos metros de caída, colegas, y el trozo más pequeño que de nosotros va a quedar será como un escarabajo patatero o menor. Lo que me jode por encima de todo es saber que cuando esté yo mismo en la miseria total y comiendo unos mendrugos y poco más, seguirá algún tontaina dándome la matraca al lado e invitándome a manifestarme contra el Fondo Monetario Internacional y en pro de los derechos de los crustáceos, mientras subrepticiamente y con toda la mala fe, me manga y se traga los cuatro cangrejos que había yo pescado para la cena. No temo la muerte, pero hasta para ese instante detesto las malas compañías.

26 mayo, 2012

Los monstruos


                Ayer, mientras regresaba en tren a casa, vi en mi ordenador una película que me dejó encantado. Sí, en el ordenador, pero no se preocupen, la tableta ya viene en camino. “Los monstruos”, de Nino Risi y del año 1963, ese era el film. ¿Lo han visto? Se lo recomiendo.

                Me gustó tanto porque me parecía que estaba contemplando mismamente a muchos de mis conocidos de ahora mismo y de aquí, compañeros de Facultad incluso. Con alguno el parecido era tan extremo, que tuve que reflexionar para decirme que el director de la película, Dino Risi, no pudo en modo alguno conocer a ese Fulano de estos pagos que parecía retratar, a ese y a tanto miserable y lameculos con los que en tal o cual lugar me cruzo a diario y que se comportan de idéntica manera a los personajes de la amarga comedia italiana.

                La película es una sucesión de historias breves, minúsculas narraciones algunas. Les cuento un episodio nada más, y ya se harán una idea. Ha muerto asesinada una mujer joven. Su hermano, soldado, reconoce el cadáver y está consternado. Lo llevan a la casa en la que ella vivía y allí lo dejan solo con su dolor. En la escena siguiente ese hermano soldado visita al director de un periódico, al que le cuenta que en la ranura entre los cojines del sofá de su hermana encontró el diario que ella escribía. Con inocencia extrema, relata el hombre que no sé explica cómo pudo la chica conocer a tantos señores como allí salen, diputados, empresarios, varones importantes, a cuya mención siempre acompañan al margen unos números que, dice él, deben de ser números de teléfono. Pero queda claro que es lo que a cada cual cobró la mujer por los servicios que les prestó. El director del diario parece conmovido y agradece al hombre que le lleve ese documento, aun cuando parece que no entiende muy bien cuál es el propósito. El soldado le aclara que ya lo ha enseñado a otro director de periódico y que este le ofreció doscientas mil liras, qué vergüenza, pero que por trescientas mil se lo entregará a él, porque este periódico que él dirige siempre fue el preferido de su hermana. Ante las dudas del periodista, se va poniendo el hermano violento y descarado y le da un ultimátum: o le paga eso o le lleva el diario de su hermana a otro.

                ¿Cómo pudo Dino Risi anticiparse a su tiempo y hasta adivinar lo que ocurriría en países como en España y en instituciones como las universidades o el gobierno de la judicatura en pleno siglo XXI? Estamos, sin lugar a dudas, ante fenómenos paranormales que merecerían muy riguroso estudio. El lunes mismo, estoy seguro, veré a cualquier viejo cátedro vendiéndole a alguna autoridad universitaria los favores de su mismísima mujer o intentando colocar de vicealgo a un sobrino, con el argumento de que las cremitas las pone el propio chaval y que es buenísimo en destrezas y habilidades y que andan todos locos por llevárselo de cargos. El chaval asentirá con el mentón caído y unas babillas que resbalan incontrolables y atolondradas.

                Es la monda el cine y es tan de película la vida…